martes, agosto 29, 2006

LA CRUZ DE HIERRO : Jugando a indios y vaqueros

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El cine bélico nos tiene acostumbrados al maniqueismo en la adopción de roles, sobretodo las cintas clásicas norteamericanas ambientadas en la segunda guerra mundial, donde los norteamericanos (o ingleses) suelen presentarse como "los buenos de la película". Con la llegada de la guerra de Vietnam y por ende los movimientos pacifistas, durante la decada de los 60 y 70 surge un cine de denuncia civil, donde el espectador no sabe diferenciar con claridad entre buenos y malos. Sin embargo, pocas veces la platea ha visto una cinta en la que el protagonismo recaiga en el bando de la Alemania nazi durante la segunda gran guerra, y menos veces aún, sin la presencia de los Estados Unidos como líderes indiscutibles del bando alíado. En La cruz de hierro (1977), Sam Peckinpah nos regala una visión atípica de la lucha entre alemanes y rusos por la conquista de Europa, un punto de vista extraño y polémico que hizo que la película se financiase con fondos alemanes y británicos. El protagonista (un titánico James Coburn) es el capitan Steiner, líder de una de las secciones en el frente ruso, en los úlimos meses de la guerra, cuando las tropas hitlerianas deciden extender el III Reich por tierras estalinistas. Steiner tendrá como principal enemigo al General Stransky, encarnado magnificamente por Maximilian Schell, que hará todo lo posible por obtener la codiciada cruz de hierro. El conflicto entre ambos se desata debido a las diferencias políticas e ideológicas surgidas entre los altos cargos alemanes (como en el caso de Schell, procedente de la alta aristocracia prusiana) y los soldados de a pie, que viendo próximo el fin de la guerra, luchan más por la supervivencia, que por la extensión del imperio alemán. Si bien la película nos muestra que independientemente del bando, el verdadero perdedor es siempre el pueblo que muere y aniquila a sus semejantes por valores que pierden su sentido en la trinchera bayoneta en mano, la cinta destaca por poseer todos los elementos clásicos de los westerns del director norteamericano.
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La cruz de hierro no dista demasiado de otras obras de Peckinpah como Grupo salvaje o Pat Garret y Billy el niño, en el sentido del western crepuscular, sucio y violento. En la película hay lugar para la perdida de la inocencia infantil presente en todas sus obras (encarnada principalmente en el niño ruso, o en los créditos finales), un montaje magistral donde encontramos magníficos y oníricos flashbacks (e imposibles fundidos), la misoginia latente en toda su obra (ver la secuencia de las mujeres rusas o con la enfermera del partido), el humor negro y sobretodo la descripción psicológica del personaje: James Coburn encaja a la perfección en el ideal del antiheroe Peckinpahiano. Una película de guerra con vaqueros que juegan a ser indios, donde el sinsentido de la guerra queda denostado tanto en el desarrollo de los personajes, como en la narración de las batallas, donde la violencia no se haya en crudas imágenes de soldados muertos, si no en la sinrazón de una guerra donde vencedores y vencidos se mezclan de forma pasmosa.

lunes, agosto 14, 2006

Nosotros somos los muertos vivientes

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Desde los orígenes, la interconexión entre las artes ha sido inevitable. El cine, la literatura, el teatro y el comic se entrelazan continuamente para crear productos que beben de cada una de esas fuentes. Sin embargo, por un cazurrismo generalizado (y que en España llega a niveles abismales) de las artes creativas, es el comic el mayor maltratado. Y es que el género de la historieta pocas veces puede permitirse el apuntar alto, el dejar de lado en cierto modo la parte visual (que no nos engañemos, constituye un 50% del producto final), para centrarse en una planificación extraordinaria puramente cinematográfica y sobretodo, un guión a la altura de las mejores películas dramáticas. Por si no se han dado cuenta, hablamos del fantástico Los muertos vivientes de Robert Kirkman y el tandem Charlie Adlard/Cliff Rathburn, editado en España por Planeta DeAgostini (cuatro volúmenes publicados hasta la fecha). Si bien el primer número (Días pasados) destacó por la calidad de los dibujos de Tony Moore, a medida que la serie avanza y el cambio de dibujante hace surgir las inevitables comparaciones estilísticas (el trazo de Adlard es más sobrio y sencillo en contra del más "manga" y detallista dibujo de Moore), el guión de Kirkman te atrapa y engancha hasta límites insospechados.
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La facilidad del creador para describir las situaciones extremas y los contextos apocalípticos, hace de Los muertos vivientes uno de esos manuales de lectura obligada para encontrar la respuesta a los límites del comportamiento humano. Donde las propias personas son la verdadera amenaza para el hombre, que se ha acostumbrado a la presencia de seres que se alimentan de ellos mismos y que con una simple mordedura, puedes permanecer en el mundo de los no muertos para la eternidad. En este punto es donde radica la diferencia del comic de Kirkman con el resto de novelas y films especialistas en la materia, son los propios humanos los parásitos en un mundo al revés donde el gobierno, la moral y las leyes han desaparecido. El lector entonces encuentra en la figura de Rick Grimes, el protagonista del relato, al nuevo mesías para la humanidad, que en su papel de superviviente y confusión continua, ya no sabe si quiera si son ellos los propios muertos vivientes.

En la línea del mejor Matheson, George A. Romero (mantiene el espíritu del final de su opera prima) y sobretodo del Amanecer de los muertos de Zack Snyder.








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