LA CRUZ DE HIERRO : Jugando a indios y vaqueros
El cine bélico nos tiene acostumbrados al maniqueismo en la adopción de roles, sobretodo las cintas clásicas norteamericanas ambientadas en la segunda guerra mundial, donde los norteamericanos (o ingleses) suelen presentarse como "los buenos de la película". Con la llegada de la guerra de Vietnam y por ende los movimientos pacifistas, durante la decada de los 60 y 70 surge un cine de denuncia civil, donde el espectador no sabe diferenciar con claridad entre buenos y malos. Sin embargo, pocas veces la platea ha visto una cinta en la que el protagonismo recaiga en el bando de la Alemania nazi durante la segunda gran guerra, y menos veces aún, sin la presencia de los Estados Unidos como líderes indiscutibles del bando alíado. En La cruz de hierro (1977), Sam Peckinpah nos regala una visión atípica de la lucha entre alemanes y rusos por la conquista de Europa, un punto de vista extraño y polémico que hizo que la película se financiase con fondos alemanes y británicos. El protagonista (un titánico James Coburn) es el capitan Steiner, líder de una de las secciones en el frente ruso, en los úlimos meses de la guerra, cuando las tropas hitlerianas deciden extender el III Reich por tierras estalinistas. Steiner tendrá como principal enemigo al General Stransky, encarnado magnificamente por Maximilian Schell, que hará todo lo posible por obtener la codiciada cruz de hierro. El conflicto entre ambos se desata debido a las diferencias políticas e ideológicas surgidas entre los altos cargos alemanes (como en el caso de Schell, procedente de la alta aristocracia prusiana) y los soldados de a pie, que viendo próximo el fin de la guerra, luchan más por la supervivencia, que por la extensión del imperio alemán. Si bien la película nos muestra que independientemente del bando, el verdadero perdedor es siempre el pueblo que muere y aniquila a sus semejantes por valores que pierden su sentido en la trinchera bayoneta en mano, la cinta destaca por poseer todos los elementos clásicos de los westerns del director norteamericano.
La cruz de hierro no dista demasiado de otras obras de Peckinpah como Grupo salvaje o Pat Garret y Billy el niño, en el sentido del western crepuscular, sucio y violento. En la película hay lugar para la perdida de la inocencia infantil presente en todas sus obras (encarnada principalmente en el niño ruso, o en los créditos finales), un montaje magistral donde encontramos magníficos y oníricos flashbacks (e imposibles fundidos), la misoginia latente en toda su obra (ver la secuencia de las mujeres rusas o con la enfermera del partido), el humor negro y sobretodo la descripción psicológica del personaje: James Coburn encaja a la perfección en el ideal del antiheroe Peckinpahiano. Una película de guerra con vaqueros que juegan a ser indios, donde el sinsentido de la guerra queda denostado tanto en el desarrollo de los personajes, como en la narración de las batallas, donde la violencia no se haya en crudas imágenes de soldados muertos, si no en la sinrazón de una guerra donde vencedores y vencidos se mezclan de forma pasmosa.
La cruz de hierro no dista demasiado de otras obras de Peckinpah como Grupo salvaje o Pat Garret y Billy el niño, en el sentido del western crepuscular, sucio y violento. En la película hay lugar para la perdida de la inocencia infantil presente en todas sus obras (encarnada principalmente en el niño ruso, o en los créditos finales), un montaje magistral donde encontramos magníficos y oníricos flashbacks (e imposibles fundidos), la misoginia latente en toda su obra (ver la secuencia de las mujeres rusas o con la enfermera del partido), el humor negro y sobretodo la descripción psicológica del personaje: James Coburn encaja a la perfección en el ideal del antiheroe Peckinpahiano. Una película de guerra con vaqueros que juegan a ser indios, donde el sinsentido de la guerra queda denostado tanto en el desarrollo de los personajes, como en la narración de las batallas, donde la violencia no se haya en crudas imágenes de soldados muertos, si no en la sinrazón de una guerra donde vencedores y vencidos se mezclan de forma pasmosa.







