Las horas del día : La cotidianeidad de un asesino
El cine de género clásico nos tiene acostumbrados a la justificación en la forma de actuar de los asesinos en serie, ya sea por trastornos de personalidad (Psicosis, Alta tensión), traumas sexuales (Hard Candy, Ed Gein) o por influencia de la sociedad que los rodea (Saw). En la mayoría de estas películas, la figura del psicópata es utilizada como elemento para motivar el terror, rodeándolo siempre, de un aura de misterio, miticidad y poca credibilidad en la ficción. Las horas del día de Jaime Rosales, se desmarca del cine de género para mostrarnos la vida cotidiana de un asesino en serie fuera de lo común, pero que asusta más que cualquier Norman Bates o Hanibal Lecter al uso. Y este miedo no aborda la trama de la película (que en ningún momento podemos llegar a determinar que clase de género es), si no que más bien, es un miedo a la veracidad del personaje protagonista. Este hiperrealismo queda plasmado en las influencias italianas del director, mostrándonos la vida en un barrio periférico de Barcelona como lo haría Roberto Rosselini. El personaje de Abel, es encarnado de forma sublime por Alex Brendemuhl, dando cuotas de credibilidad al personaje hasta límites insospechados.
La verdadera novedad de la película reside en el hecho de no mostrar ninguna teoría relativa al modus operandi del asesino, centrándose en varios días de su vida, mostrando su monotona labor de tendero y alejándose de los tópicos que asolan este tipo de films. Las secuencias de asesinatos están rodadas con una frialdad desgarradora, en su mayoría cimentadas en largos plano secuencia donde pese a intuirse la brutalidad de los actos, el espectador queda completamente marcado. A través de encuadres fijos y el uso del formato videográfico, Jaime Rosales narra la austera vida de unos personajes que sin saberlo, giran en torno a una serie de asesinatos provocados por un asesino sin tesis. La tensión va en aumento desde el minuto en el que se nos muestra el primer crimen, creyendo la platea que Abel va a buscar entre su circulo de ámigos, la siguiente de sus inocentes víctimas. Sin embargo, la película sorprende debido a las motivaciones del personaje, más cercana a las del protagonista de una cinta de Ken Loach. Quizá esta sea la razón por la cual los asesinatos cometidos impacten de tal forma, en una sociedad donde necesitamos una justificación que atribuir a cada una de las atrocidades que nos rodean. Y no se a ustedes, pero saber que existe alguien que pueda matar sin ningún tipo de motivación, a mi me aterroriza.
La verdadera novedad de la película reside en el hecho de no mostrar ninguna teoría relativa al modus operandi del asesino, centrándose en varios días de su vida, mostrando su monotona labor de tendero y alejándose de los tópicos que asolan este tipo de films. Las secuencias de asesinatos están rodadas con una frialdad desgarradora, en su mayoría cimentadas en largos plano secuencia donde pese a intuirse la brutalidad de los actos, el espectador queda completamente marcado. A través de encuadres fijos y el uso del formato videográfico, Jaime Rosales narra la austera vida de unos personajes que sin saberlo, giran en torno a una serie de asesinatos provocados por un asesino sin tesis. La tensión va en aumento desde el minuto en el que se nos muestra el primer crimen, creyendo la platea que Abel va a buscar entre su circulo de ámigos, la siguiente de sus inocentes víctimas. Sin embargo, la película sorprende debido a las motivaciones del personaje, más cercana a las del protagonista de una cinta de Ken Loach. Quizá esta sea la razón por la cual los asesinatos cometidos impacten de tal forma, en una sociedad donde necesitamos una justificación que atribuir a cada una de las atrocidades que nos rodean. Y no se a ustedes, pero saber que existe alguien que pueda matar sin ningún tipo de motivación, a mi me aterroriza.












