
Hacía tiempo que una película tan aparentemente sencilla como
Mon oncle (Mi tío) del francés
Jacques Tati, no me causaba semejantes dotes de fascinación. No hay mejor cura para un domingo frío y terriblemente invernal como este que detenerse durante dos horas para visionar semejante obra maestra. La película protagonizada por el propio Tati en el papel del inolvidable
Monsier Hulot, adopta el estilo de Chaplin en
Tiempos Modernos, introduciéndolo en un cocktail explosivo junto a la mejor comedia muda norteamericana, la visionaria
Metrópolis y las teorías de alienación de Orwell. La películas es una constante contraposición entre tradición y modernidad, donde un personaje como Hulot se puede permitir el lujo de preocuparse por si al canario de su edificio le da o no el sol en un mundo de estrés, prisas y tecnología innecesaria. Esta oposición se ve perfectamente reflejada en una puesta en escena detallista, obsesiva y escrupulosa, en la que no hay un detalle sin cuidar. La película es un constante ir y venir de Hulot entre la modernidad más superficial representada por la familia de su hermana (con un jardín y una casa digna de un
Victor Frankenstein del siglo XX) y la tradición rural en la que vive, donde el barrendero siempre tiene una excusa para no barrer.

Este idealismo está llevado hasta el extremo, encarnado magistralmente en el personaje de Hulot, que se convierte en la antítesis de su cuñado, dueño de una fábrica de mangueras. De igual forma, la dirección transcurre libremente por la película, sin una presencia excesiva, la cámara se mantiene alejada de las acciones dejando libremente al espectador que elija donde mirar, con el uso de planos generales y apenas movimientos de cámara. Esto se manifiesta perfectamente en un inolvidable para la retina plano general de la casa donde vive Hulot. Los diálogos apenas cobran importancia, dándole una prioridad absoluta a la imagen y a un detallado uso del sonido. Ahí es donde radica la clave de la película, en el uso hasta la extenuación del sonido en una película que casi podríamos considerar muda. Por si fuera poco, la cinta está llena de momentos memorables: la fiesta en el jardín, la fuente en forma de pez, la secuencia de los niños haciendo gamberradas, etc. Hulot se convierte en un abanderado del naturalismo frente a la máquina y la corrección política, en un mundo donde finalmente, pese al final feliz, el protagonista es apartado de su sobrino por ser considerado una mala influencia. Imprescindible, de diez vamos.