Cada vez que
Quentin Tarantino estrena una nueva película, tanto los seguidores del director como los medios de comunicación no dudan en tildar el momento de acontecimiento cinematográfico. Y es que no es casual que la revista
Cahiers Du Cinema España haya dedicado su última portada, junto a la china
Naturaleza muerta, a la quinta película del director de
Pulp Fiction. El motivo de que siga siendo uno de los directores que más expectación provoca, lo encontramos en este
Death Proof, donde Tarantino demuestra que es un autor extraordinario, sobretodo porque el cineasta se empeña en dejar su reconocible huella en cada uno de los planos que filma. Su fragmento para la sesión doble de
Grindhouse, lejos de ser únicamente una película referencial como lo era en parte Planet Terror, se configura como una pieza fascinante que nos ofrece dos películas en una.
Tarantino no solo ubica su película en un contexto de serie B de los setenta, sino que empapa su argumento y dota a los personajes de ese espíritu de forma explícita, encarnando muchos de ellos a personajes que bien podrían haber habitado esa época, no solo como personajes de ficción, sino como creadores de las mismas.
Tarantino vuelve a jugar con la estructura y las expectativas del espectador.
En una primera parte, nos encontramos con lo que parece un slasher atípico, ya que las (terriblemente) atractivas chicas objeto del acecho del psicópata, son partícipes de un diálogo puramente Tarantinesco, que recuerda por momentos a las conversaciones en torno a la cultura popular que pueblan
Reservoir Dogs. El espectador, desorientado ante el rumbo de la película, es objeto de un bombardeo de guiños propios, cameos (¡Eli Roth!), crípticas referencias fílmicas, encuadres y cambios de eje sobrecogedores y más de un extraordinario momento musical. Pero la recepción del espectador se modifica a raíz de la gran secuencia de la película, una de esas que erizan la piel y te estampan contra la butaca, haciendo que el tiempo fílmico se detenga. La secuencia del accidente, que parte la película en dos, es una demostración de asombrosa valentía técnica y demuestra que en la época de los efectos digitales (los mismos a las que aluden Rose McGowan), aún es posible sorprender al espectador con talento, recursos artesanos, humanos y reales.

El sanguinolento accidente visto desde varios puntos de vista, que no es más que un puñetazo continuo a la mandíbula del espectador, es digno de entrar en el zenit de la historia del cine y dentro de la película, supone el primer giro para el espectador, que siempre contempla desde la estupefacción. La segunda parte de la película no tarda en mostrarnos de nuevo a
Stuntman Mike, el psicópata que encarna magistralmente el mítico
Kurt Russell, quien une a éste viejo especialista de cine a su galería de tipos duros, donde destacará por siempre el gran
Snake Pillsen. En ese momento del metraje, el espectador ya sabe de lo que es capaz de hacer el personaje de Russell y nos muestra a otro grupo de chicas que parece serán el objetivo de la mente enfermiza de Mike (cuyo modus operandi parece rememorar al de los personajes de
Crash, de David Cronemberg).
Sin embargo,
Tarantino toma otro rumbo y conmociona a la platea con una segunda parte sorprendente, donde los personajes femeninos son muchos más crueles si cabe que Stuntman Mike y donde los roles se invierten, noqueando al espectador debido a la diferencia con la primera parte: ya no estamos ante un slasher, sino ante una cinta de acción puramente adrenalítica y gamberra, hilvanada por una maratónica persecución de coches digna del mejor
Frankenheimer, a la que añade un final que roza el delirio (mientras homenajea a
Russ Meyers y
Vanishing Point) y que se desenmascara con las verdaderas intenciones lúdicas y desprejuiciadas del director. Cabe destacar la extraordinaria labor de
Zoë Bell como stunt, ya que su personaje cabalga como pocas veces hemos visto en una película de género entre la realidad y la ficción. Parece que con este personaje,
Tarantino pretende homenajear a un gremio desprestigiado por la industria, pero muy importante a la hora de fecundar este tipo de productos.
Las actuaciones soberbias del apartado femenino al completo confirman lo que todos sabíamos, que Tarantino es un excelente director de actrices, actrices que rememoran el espíritu femenino de
Kill Bill y en general de la mujer fatal del cine de serie B de los setenta. Además,
Death Proof usa a la perfección la tensión sexual no resuelta y
Tarantino rodea a la película de un extraño halo de sensualidad y morbo (véase la secuencia de Lap Dance). Sorprende encontrar esta vez al propio director al frente de los créditos de dirección de fotografía, aunque vuelve a demostrar un dominio absoluto en el uso de los maravillosos
temas musicales que dominan la película.
Death Proof es quizá una obra menor en la filmografía de
Quentin Tarantino, pero estamos ante su película menos pretenciosa, lo que se traduce en una cinta terriblemente divertida, es decir, en el paradigma absoluto del cine de evasión contemporáneo.
Tarantino nos convence de su obsesión multigenérica y sobretodo, de su pasión por el cine no solo como cineasta, sino como espectador. Por cierto, existe un interesante blog en español sobre la película, pinchen
aquí.