En
El hombre que sabía demasiado, James Stewart y Doris Day hacían lo imposible por evitar el asesinato de un embajador en el momento del clímax final. El crimen se produciría en un concierto, en el momento en que el director de orquesta, interpretado por
Bernard Herrmann (compositor real de la película) indicase el choque de platillos. Unos cuantos años más tarde,
Álex De la Igleisa utiliza un contexto similar para crear la atmósfera de un asesinato. En un concierto al que asisten Seldom y Martin,
Roque Baños dirige un concierto en el que sucede uno de los famosos crimenes imperceptibles de la película. Este homenaje del director bilbaíno a Alfred Hithcock es tan sólo una muestra de su cambio radical de registro, ya que alejado de su habitual
cocktail de géneros, De la Iglesia se sumerge de lleno en una película de género puro, en una película de suspense. Curiosamente, al contrario que haría Hitchcock,
Los crímenes de Oxford es un
whodunit en la mejor línea de Agatha Christie, pero impregnado de una particular visión matemática y filosófica del mundo. Seldom y Martin resultan antitéticos, cada uno posee una particular visión de la vida, pero ambos coinciden en una atracción mutua originada por dos pasiones: los números y una misma mujer.
La película funciona a la perfección como mecanismo de suspense, todos y cada uno de los personajes pueden ser culpables y eso se muestra desde un punto de vista realmente objetivo y nada engañoso. Desde el principio, la respuesta al enigma de la película está presente y
Álex De la Iglesia no engaña al espectador con falsos planteamientos. Una gran muestra de ello, es un magnífico y fascinante plano secuencia que a modo de Cluedo, nos presenta a todos los personajes de la película en el momento previo al asesinato. Una secuencia fruto del virtuosismo técnico que demuestra a la perfección la simbiosis entre el formalismo de la película y la historia que plantea. La película, independientemente de sus aciertos en el apartado visual (un claro ejemplo son los alucinantes
flashbacks, que ya nos dejaron boquiabiertos en
Perdita Durango) es por encima de todo una reflexión sobre la culpabilidad, sobre la hipocresía de mirar al otro lado pensando que somos inocentes ante lo que sucede a nuestro alrededor. En
Los crímenes de Oxford no hay culpables ni inocentes, tan solo personajes fruto de un malvado juego del destino (imprescindible la secuencia en la que John Hurt mueve fichas en el talbero del Warhammer) en el que Martin es la ficha central del tablero.
El triángulo Seldom/Lorna/Martin no es más que una apología del cineasta a la hora de adoptar una actitud ante la vida, de formar parte de ella y disfrutar de las trivialidades cotidianas que conforman nuestra felicidad, frente a la idea de dedicar toda tu vida a resolver una ecuación matemática o un misterio irresoluble. Analogías que también llegan a relacionarse con el punto de vista del director de cine y la predilección por la creación de una falsa realidad más real que la propia realidad (véase la discusión final en el museo de imitaciones). Las interpretaciones de la película son realmente asombrosas, la recreación de Seldom por parte de un
John Hurt enorme es uno de los hitos de su carrera. Destacan también los secundarios
Burn Gorman,
Dominique Pinon y
Alex Cox, pero sobretodo
Jin Carter y
Julie Cox. El tandem
Elijah Wood y
Leonor Watling, resulta lo menos creíble de la película, no por su papeles, sino por la falta de química aparente entre el muchacho y la chica, haciendo que el espectador vea algo forzada su relación. Eso sí, se agradece el interés de
Álex De la Iglesia por impregnar de normalidad y risas las relaciones sexuales, alejadas de las falsas y excesivamente idealizadas escenas de cama que dominan el cine de Hollywood.
En el apartado de pegas, tan sólo añadir la evidente falta de presupuesto a la hora de elegir algunas localizaciones (véase ese aeropuerto) o al culminar algunas secuencias de acción, que no empañan de todos modos el resultado final. Pese a lo que muchos parecen pensar,
Los crímenes de Oxford no se aleja tanto del universo de
Álex De la Iglesia y
Jorge Guerricaechevarría. En la película siguen presentes la idea del crimen perfecto, el uso de los grandes espacios a la hora de crear un contexto puramente cinematográfico, la ironía o cinismo con la que se retratan ciertos asesinatos o el riesgo a la hora de poner en escena, algunas propuestas arriesgadas y políticamente incorrectas (como poner en peligro en la ficción, la vida de un grupo de niños con síndrome de Down). Elecciones y aciertos que vuelven a confirmar que De la Iglesia es sin duda el director más arriesgado y más interesante de este país, por mucho que a los que critican la ambición y la perspectiva a la hora de concebir el cine español, les moleste. No me extraña que España se le quede pequeña. ¡
Chapeau por Álex!